Capablanca en el origen. #TenemosMemoria

José Raúl Capablanca.

Quizás no exista un universo tan breve e infinito como el de un tablero de ajedrez. La lógica y el más objetivo de los pragmatismos sugieren la incapacidad de albergarlo todo en 64 casillas. A los ojos del espectador el tablero se presenta plano, simple, en dos dimensiones de simetría y rigidez perfectas. A los ojos del amante, parece inmenso, profundo y lleno de secretos. Caben allí belleza y cálculo, euforia y venganza, paciencia y credo, madurez. Vida y muerte.

Los orígenes del ajedrez –creo– es preciso buscarlos alrededor del tablero. Independientemente de las piezas en juego, de la exhaustividad teórica y el estudio casi obsesivo, de la fuerza, la categoría y la estabilidad psicológica de los contendientes; todo en este deporte se dirime en primera instancia dentro de 64 casillas. El tiempo, los protagonistas y las posiciones varían constantemente. El tablero conserva su esencia y rostro.

Ya desde la antigüedad, el ajedrez había elegido el cuadrado de escaques claros y oscuros como el punto de partida. Solo después, con el paso de los siglos, se convirtió en la conjunción homogénea de deporte, ciencia y arte. De esto se encargaron las escuelas romántica y posicional, los campeones mundiales reconocidos, los llamados reyes sin corona, la academia soviética y su hegemonía, los teóricos y el concurso de la tecnología, expresada en la interacción humana con las máquinas. Una definición del ajedrez debería partir del tablero y luego englobar todo esto. Piezas, movidas y nombres deberían quedar dentro de ella. Claro que semejante dispersión entraña el peligro de olvidar algo. Quizás sea apropiado situar en el origen –junto al tablero– a la figura de José Raúl Capablanca, en calidad de referente insoslayable.

Pocos jugadores como el cubano han logrado representar en una sola vida, la heterogeneidad y el carácter multifacético del ajedrez en tanto competencia, obra de arte y ciencia. Siendo joven aún y con el título de campeón mundial, a Capablanca comenzaron a llamarle la máquina de jugar ajedrez. Sorprendía del antillano su fría precisión en los cálculos, su vasto arsenal táctico y estratégico, la explosión y la cordura de sus lances, su elegancia a la hora de simplificar la posición, sacrificar una pieza y asediar al rey contrario hasta la capitulación o la asfixia, que es el jaque mate.

Capablanca fue el tercer ajedrecista reconocido en ganar el título mundial de la disciplina. Steinitz y Lasker lo antecedieron. El primero con pocos rivales de consideración, el segundo con un juego psicológico de desgaste. En cambio, Capablanca representó por vez primera –entre los campeones– el espíritu de la diversidad: la precisión de la máquina, la emotividad del arte y la estabilidad del atleta.

El estilo de Capablanca además de original era abarcador: se desplazaba en ocasiones desde el desenfreno estético de la escuela romántica hasta la cordura y armonía del juego posicional. Iba con naturalidad de un extremo a otro en dependencia del adversario, la estrategia y las circunstancias de la guerra dentro y fuera del tablero. No era un estilo barroco. La sucesión de jugadas respondía a propósitos puntuales y el cambio oportuno de las piezas limpiaba de hojarascas el campo de batalla, desnudando de paso la debilidad de las filas enemigas. Era en realidad un estilo en correspondencia con la mente de un Capablanca pintor, matemático, poeta y cirujano. Todo en un solo cuerpo.

Tenía también la espontaneidad como una virtud y un defecto. En más de una ocasión, Capablanca logró evadir la derrota cuando era sorprendido en el tablero con variantes inéditas. A Frank Marshall –por ejemplo– terminó venciéndolo en una partida asimétrica, donde el estadounidense construyó un  ataque jamás visto, tras el sacrificio de un peón. Fue así como el cubano modeló sobre su cuerpo, el halo de la imbatibilidad durante algunos años e incluso ganó el campeonato mundial sin la sombra de una derrota. La costumbre de ser espontáneo, de cambiar la preparación sistemática por el azar, lo llevó asimismo a la pérdida del título con Alekhine vestido de verdugo. Capablanca fue entonces rey omnipotente y soberano sin reino, encarnando la paradójica naturaleza –breve e infinita– del tablero.

Como dicho cuadrado, tuvo una existencia con escaques claros y oscuros. Una trayectoria fugaz, ascendente, por instantes aletargada o en caída libre. El ajedrecista ganador del San Sebastián en 1911 y victimario de Lasker por la corona del orbe diez años después, fue también el deportista destronado y el diplomático activo. Años más tarde, intentó recuperar el nivel y el esfuerzo lo coronó en 1939 como el mejor primer tablero de los enrolados en la Olimpiada mundial de Buenos Aires. Capablanca retornaba a sus orígenes. Hasta que llegó la muerte en forma de hemorragia cerebral, el estallido de la máquina por la compresión de tantas escenas, sentimientos e ideas en un espacio finito.

La revancha por la hegemonía perdida nunca se concretó. Las evasivas del monarca Alekhine, tan claras como ingeniosas, cerraron el camino hacia la resurrección del antillano. La relación entre ambos se volvió ácida, al punto de borrar cualquier atisbo de esperanza. La enemistad trascendió del tablero a la vida como había sucedido antes con el prodigio cubano y Aron Nimzowitsch. A este último, Capablanca –tal vez por el odio–, lo maniató sin piedad alguna en innumerables oportunidades. Alekhine procuró no probar a la máquina por segunda ocasión; evidente muestra de respeto hacia quien se inició en el mundo del ajedrez como un genio.

El análisis de un tablero posee dos dimensiones: la totalidad de las casillas organizadas en columnas, filas y diagonales, así como la individualidad del cuadro con sus misterios y jerarquías. Las casillas del centro tienen preferencia desde el punto de vista teórico, no así las ubicadas en los vértices del tablero. Situaciones puntuales las elevan, la cotidianidad las olvidan. La existencia de Capablanca debe mirarse desde ambos ángulos porque pareció desarrollarse dentro de los límites de un cuadrado, con las cimas y depresiones propias de la salud y la fama.

Su historia y vida, como metáforas, estarían cerca –cuando no dentro– del origen mismo del ajedrez. Para comprenderlo habría que escrutar sin ruta u orden fijo, desde la trayectoria deportiva hasta el hecho preciso, desde el circuito recóndito de su mente hasta la totalidad de la máquina, desde la idea del creador hasta el producto artístico. Después podrá hablarse de otros genios: de Bobby Fischer, de Kasparov y Magnus Carlsen. Pero Capablanca estará en el origen. Y en el tablero de su vida, los inicios estarían ubicados en dos casillas: el día que aprendió de manera autodidacta los fundamentos del juego y el día en que descubrió el llanto, justo después de abandonar el vientre materno.

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