Ernest Hemingway, maestro de estilos.

El 15 de marzo se conmemoran 63 años de la publicación de “El viejo y el mar” (1953)

Periodista -aprendió su oficio en el “Kansas City Star”, probablemente como auxiliar de Redacción a partir de 1917)-, Ernest Hemingway fue tan brillante en el ejercicio de esa profesión como en la de escritor. Su principal cualidad, como reportero primero y como corresponsal de guerra más tarde, estribó sin duda en su manera de emplear las palabras. Llegó a reemplazar el impacto de las fotos por las imágenes de su verbo.

Sabía cómo nadie revelar al lector un mundo lejano, miserable e ignorado, con unas cuantas frases. La mayoría de sus crónicas, en particular las anteriores a la celebridad, son de pura antología. Dos libros, que todo periodista amante de este apasionante oficio que es el nuestro debería leer, han recogido algunos de los escritos periodísticos del gran Hemingway, al que quizá puede reprochársele una cierta tendencia al autobombo pero cuyo talento es indiscutible.

La parte que más interesa es la que se refiere al periodista y la mayoría de sus experiencias en este campo están plasmadas en esos dos libros, “Ernest Hemingway, cub Reporter” (University of Fittsburgh Press, 1970) y “By Line: Ernest Hemingway” (Fawcett Publications, Inc. 1951).

En una crónica enviada al “Toronto Daily Star”, el 20 de octubre de 1922, titulada “Un horrible y silencioso desfile”, Hemingway describía la evacuación de los refugiados cristianos que huían de Tracia Oriental. Son 700 u 800 palabras que contienen toda la pena del mundo. En esas breves líneas se esfuerza -y lo consigue fácilmente- en dar una idea de la situación:

“En su agotadora e interminable marcha, la población de Tracia embotella las carreteras en dirección a Macedonia. Esta corriente ha sido engrosada por toda la población rural. No saben adónde van. Han abandonado sus granjas, sus aldeas y sus campos, para unirse al torrente de refugiados apenas supieron que iban a llegar los turcos. Ahora se ven obligados a seguir adelante, en este atroz desfile, mientras la caballería griega, cubierta de barro, los dirige como los boyeros empujan a los bueyes”.

En el fondo, es una vulgar escena de éxodo en tiempos de guerra, de uno de esos conflictos que siguen ensangrentando la Tierra.

Sin ir más adelante en el análisis de Hemingway periodista, este extracto demuestra lo que decía antes: la potencia del lenguaje vivo frente a las frases de formulario que impone el despacho agenciero clásico.

Ese monstruoso desfile -o al menos lo que he citado- habría podido ser reflejado en una información corta de esta manera: Doscientos cincuenta mil refugiados que huyen de Tracia Oriental ante la llegada de los turcos, iniciaron hoy, 20 de octubre, la evacuación, acompañados por un destacamento de la caballería griega.

Creo inútil insistir en la diferencia que existe entre un despacho frío y despersonalizado y un relato firmado y vívido. Este es el abismo entre el trabajo de rutina de la agencia de prensa y un servicio personal y cuidado.

En todo momento hay las exageraciones de los ’rewriters’ bien intencionados. Hemingway contaba en 1934 en una crónica para “Esquire” que en cierta ocasión había enviado un telegrama que decía simplemente: “Kemal en Esmirna no incendiada griegos culpables”. La Monumental News Service transformó las siete palabras telegráficas de su corresponsal en un texto que decía:

“En una entrevista exclusiva concedida hoy al corresponsal de la Monumental News Service, Mustafá Kemal (el gran líder turco) desmintió categóricamente que las tropas turcas hayan participado en el incendio de Esmirna. El incendio de la ciudad, declaró Kemal, fue obra de la retaguardia griega antes de que las primeras patrullas turcas penetrasen en la ciudad”.

La verdad sobre esta anécdota no ha sido conocida nunca. Ernest Hemingway adoraba su propia leyenda y el equívoco podía servirle admirablemente. Pero volvamos a su actividad. Durante la guerra civil española (1936-1939) trabajó para la agencia norteamericana NANA. Y pese a que en aquel tiempo la transmisión de informaciones era muy difícil, nuestro corresponsal prefería comunicar por el aleatorio telégrafo impresiones personales más que hechos escuetos. Sus crónicas hacían siempre hincapié en el ambiente reinante, quizá porque sabía que una breve descripción podía hacer comprender mejor a los norteamericanos lo que estaba sucediendo en un país que poco o nada les importaba.

14.4.37 Madrid- “La ventana del hotel está abierta y mientras uno está echado en su cama se oye el tiroteo del frente, diecisiete calles más allá. 22.5.37 – un bombardeo de diecinueve días contra la capital que fue casi demasiado horrible como para poder escribir cualquier cosa sobre el mismo. 30.9.37 -Madrid- Suele decirse que la bala que le alcanza a uno no se oye llegar. Son auténticas balas y si se oyen silbar es porque ya han pasado. Pero este corresponsal oyó el último obús que cayó sobre el hotel.

“Lo oyó salir de la batería y llegar con un silbido que iba amplificándose como una rama de Metro para estrellarse finalmente en la cornisa y hacer caer en la habitación una lluvia de vidrio roto y de cemento. En este preciso momento acaba de caer una bomba en una casa situada a poca distancia de donde estoy escribiendo estas líneas. Un niño está llorando. Un miliciano lo ha cogido en los brazos y trata de consolarlo. En nuestra calle no ha habido ningún muerto y la gente que antes corría anda ahora casi normalmente y sonríe nerviosamente.

“El que no se echó a correr cuando empezó el bombardeo mira a los otros con un aire de superioridad. 15.4.38 -Tortosa- Delante de nosotros, quince bombarderos ligeros Heinkel, protegidos por cazas Messerachmidt, giraban lentamente, como buitres que estuviesen esperando la muerte de un animal. Cuando volaban sobre la colina, manteniendo en impecable formación, uno de cada tres aparatos se precipitaba hacia la Tierra escupiendo con todas sus ametralladoras.

“El polvo no desaparecía nunca, ya que inmediatamente llegaban otros bombarderos y, finalmente, permanecía flotando en todo el valle del Ebro como una niebla amarilla. En la ciudad estaba ardiendo un camión de gasolina. Rodar por las calles equivalía a hacer alpinismo en los cráteres de la Luna”.

Guardando proporciones, este reportaje tiene un indiscutible estilo hemingwayano. Por tratarse de un trabajo adaptado del francés al castellano, resulta difícil decir si el mérito, en cuanto a la estilística, debe ser atribuido al autor del original o al redactor encargado de “cocinarlo” en el desk. Porque en un desk que se respete no puede ni debe haber traductores, sino periodistas capacitados  para “tratar” la copia recibida en diferentes lenguas.

El estilo hemingwayano o la influencia de Hemingway en el periodismo moderno, aparece desde la entradilla : “He visto y escuchado a catorce sobrevivientes de un infierno, el de las “jaulas de tigre” vietnamitas”. ¿Qué mejor exposición de una de las atrocidades de la guerra que estas diecisiete palabras? El reportero abandona deliberadamente las reglas agencieras (objetividad -que a menudo se confunde con monotonía- precisión casi militar y resumen de la información en las primeras líneas) para ser un testigo y hacer llegar a los lectores lo que ha visto y oído. Puede objetarse que este método -muy empleado en los diarios o semanarios- es susceptible de conducir al panfleto.

El talento y la honradez profesional del corresponsal de una agencia de prensa mundial radican precisamente en mostrarse intransigente consigo mismo, sin incurrir en el exceso contrario de la exageración o la omisión para no ser acusado de sensacionalismo.

“Tienen que arrastrarse para avanzar, con su cuerpo y brazos esqueléticos, con sus piernas atrofiadas e insensibles, cubiertas de cicatrices provocadas por los hierros y cadenas que los sujetaban, amontonados unos sobre otros durante años en celdas minúsculas, las “jaulas del tigre” de la penitenciaría de la isla de Con Son. Yo logré localizar a dos grupos (14 en total) que estuvieron encarcelados durante diez años, siempre bajo el régimen de Ngo Dinh Diem y en los que siguieron a la caída de éste”.

Sería de muy malísima fe acusar al corresponsal de haber olvidado una de las reglas principales: las fuentes. En el mismo reportaje explica que tuvo ocasión de charlar con un médico norteamericano, muy al corriente de la situación. Por otra parte, la fuente principal del periodista en este caso -a menos que su reputación diga lo contrario- es él mismo, son sus ojos y sus oídos, que han visto y han escuchado. Su testimonio además de corresponder a lo que dice el médico, es de primera mano.

No lo ha recogido de un comunicado -siempre sospechoso- sino por sus propios medios. El uso de las fuentes, hasta cierto punto garantía de veracidad para el lector y parapeto para quien las emplea, alcanza a veces sublimes cumbres del ridículo. Obsesionado por la obligación de citarlas, un redactor escribió en cierta ocasión: “El equipo francés de St. Etienne venció hoy aquí al de Burdeos por 3-2, según se anunció”.

En el mismo orden de cosas hay que elevarse contra el estribillo de “hoy aquí” que en ciertas ocasiones resulta ridículo y falso. Me ocurrió una vez dar la información sobre la muerte de un viejo actor norteamericano. Como procedía de Nueva York, escribí automáticamente “falleció hoy aquí”. Luego resultó que la muerte le había sorprendido en otro lugar y que, además, había sucedido dos días antes.

Como ejemplo de lo que se viene tratando, y no obstante el tiempo transcurrido en esta crónica, destinada a un servicio especial y cuya construcción sale por lo tanto de las reglas sacrosantas, se ve de entrada ese estilo descriptivo que, sin llegar a Hemingway, da a la información un carácter más humano :”Uno de los dramas más angustiosos y menos conocidos del conflicto indochino es el de los “hijos de la guerra”, nacidos de madres vietnamitas y de padres franceses o norteamericanos”. Los métodos clásicos de redacción de agencia hubiesen exigido una mayor precisión “numérica” y un estilo más concreto : “Diez o veinte mil niños nacidos durante la guerra del Vietnam, de la unión entre vietnamitas y soldados extranjeros, viven todavía aquí”.

La denominación “hijos de la guerra” hace entrar al lector en el corazón de un drama que con otra formulación le hubiese dejado muy probablemente indiferente. El empleo del “factor interés humano” es acertado y primordial. El periodista se muestra casi reservado, sin recurrir a las frases lacrimógenas, pero alcanza su objetivo : despertar, si no el interés por lo menos la curiosidad de quien va a leerle.

Todo está en la forma de decir las cosas. Guido Orlando, que dirigió la campaña publicitaria de Roosevelt para la presidencia, lo que entre otras cosas le valió el título de rey de las relaciones públicas, me contaba que un día encontró en los Campos Elíseos a un ciego con el clásico letrerito que indicaba su ceguera. Se acercó y le dijo : “No le voy a dar una limosna. Pero déjeme que le cambie el cartel”. Lo borró y con una tiza escribió en francés y en inglés : “usted puede ver la primavera, yo no”. Al día siguiente, el ciego le dio efusivamente las gracias. La gente se paraba automáticamente, y automáticamente le daba una buena limosna.

Volviendo al “Drama de los hijos de la guerra de Indochina”, el autor apoya enseguida el toque humano con su propio testimonio (no lo ha leído en un comunicado oficial ni se lo han contado en una recepción): “El martes vi a un grupo de ellos en Saigon. Estaban apretujados unos contra otros y tenían los ojos llenos de lágrimas. Eran cuarenta y un eurasianos de nacionalidad francesa y partían a París. Aquí dejaban a sus madres y a sus familias”. El contexto es muy distinto al anterior y pertenece en pleno al drama de la guerra de Indochina. Pero en lugar de escribir en un estilo directo :

“El gobierno de Vietnam del Norte encomienda la custodia de un dique del Río Rojo a cinco mil mujeres norvietnamitas.” El periodista consideró conveniente situar el hecho en el marco de la epopeya: “Cinco mil mujeres norvietnamitas permanecían hoy como dueñas absolutas de una franja de tierra de treinta kilómetros”. Y más adelante cuenta cómo ha visto a esas combatientes con sus pantalones arremangados hasta el muslo, con sus sombreros en punta, chapoteando en el barro para reparar los daños causados por la aviación norteamericana y evitar las inundaciones. Ya quedó demostrado que los periodistas de agencia, como los de los demás órganos informativos pese a estar sometidos a una disciplina de escritura muy distinta, pueden y deben emplear la imagen, la que surge directamente, “la cosa vista”, para dar más dimensión a la información.

Del mismo modo, y pese a que casi nunca se les ofrece el espacio del que podrían disponer en una revista, han de recurrir al reportaje vivo en otros casos. En “Los árabes en Israel”, Bernard Ullman describe los problemas inherentes a todos aquellos países formados por diferentes comunidades. En Israel conviven judíos, árabes y cristianos.

Predominan los dos primeros. Los roces son constantes, no ya con las armas -el tiempo de la ocupación inglesa pasó-, sino a nivel de la vida de todos los días, lo cual puede resultar quizás más cruel, ya que no lo justifica ningún estado de excepción. B. Ullman plantea las cosas clara y concisamente : “Los 350 mil árabes radicados en Israel, que en su mayoría viven en Galilea y al noroeste de Tel Aviv, se preguntan si son ciudadanos de “segunda clase”, pese a que, oficialmente, tengan los mismos derechos y obligaciones que la mayoría judía”.

Adentrarse en el tema y darse cuenta de que la convivencia de judíos y árabes es simplemente un cóctel explosivo de relojería es bastante fácil. Pero explicar al público es otra cosa. En primer lugar, no se trata de decir que esto o aquello es así.

Hay que explicarlo y demostrarlo. Y la explicación y la demostración deben conjugarse de modo que resulten convincentes. La mejor manera de llegar a ese resultado, evitando además que alguien pudiese calificar el reportaje de subjetivo, era acudir a las distintas fuentes interesadas y dejarlas exponer su posición.

En primer lugar una comprobación :”… en esta minoría (los árabes) no está representada en la cumbre de la pirámide política y económica del estado de Israel, de acuerdo con su importancia numérica”. Habla a continuación un cristiano denunciado en varias ocasiones por las emisoras árabes como “colaborador”. Puede considerársele, pues, y sus palabras confirman esta impresión como un pro israelí:

“… nos beneficiamos del progreso técnico y material del estado. Nuestro nivel de vida, comparable al de los judíos, es cuatro o cinco veces más alto que el de los habitantes de los países árabes vecinos.”

Luego interviene un árabe, secretario de la sección del Partido Comunista de Nazaret, Tewfik Zayad, y con él cambian las tornas, diciendo:

“Una tercera parte de los nazarenos son “refugiados locales”, campesinos árabes de Galilea a quienes, aunque prefirieron quedarse en Israel, cuando se fundó el estado en 1948, les quitaron sus tierras para dárselas a los judíos. Las indemnizaciones que cobraron no representaban siquiera la centésima parte del valor real de los terrenos. En cuanto a la libertad política, puede decirse que en las últimas elecciones legislativas, el 18 de octubre de 1969, más de 400 miembros o simpatizantes de nuestro partido fueron detenidos para ser puestos en libertad al día siguiente. No hay la menor duda de que los árabes son realmente ciudadanos de “segunda clase” y lo seguirán siendo mientras Israel mantenga su concepción racista del estado”.

La conclusión de esta radiografía, sobre el mosaico humano de Israel, corre por cuenta del mismo árabe quien termina por reconocer que, pese a todo, el futuro de sus correligionarios que viven aquí está ligado al de Israel.

En resumidas cuentas, el reportaje, pese a circunscribirse a las normas de concisión que exige casi siempre la agencia, es un buen ejemplo de una exposición clara y neutral de un tema, recurriendo a testigos directos y dejando de lado a veces todas las consideraciones de esos “observadores” tan cómodas como fantasmagóricas.

Excelente ilustración de lo que puede ser un reportaje de agencia : completo y a la vez sumamente corto, en el mejor estilo norteamericano. Se trata simplemente de un “paseo” por la frontera entre el Líbano e Israel. Pero estamos en 1971 y el corresponsal de guerra viaja a bordo de una auto-ametralladora en compañía de una patrulla. La guerra está presente, el vehículo puede volar a cada momento sobre una mina de las que los guerrilleros palestinos siembran el suelo al otro lado de la frontera del Líbano.

En medio del relato de una incursión por el frente, surge la nota humana y hasta humorística : el soldado que tiene que pedir las llaves a un kibutz para poder penetrar en la carretera que bordea la frontera. NOTA DRAMATICA: Los niños tienen que abandonar por la noche sus casas para dormir en una casamata especialmente equipada.

NOTA INFORMATIVA SOBRE LA SITUACION MILITAR: Los comandos palestinos -dice el corresponsal, sintetizando las conversaciones que ha tenido con sus guías en uniforme militar- atraviesan de noche la alambrada, ponen cargas explosivas en el primer edificio vacío que les cae a mano y regresan al Líbano.

Para terminar, un apunte de interés humano : un soldado judío, de origen yemenita, cuenta que, de vez en cuando, se ven a lo lejos oficiales o soldados libaneses. Cuando le pregunté si en esas ocasiones se hablan o por lo menos se saludan, el oficial se echó a reír y me contestó que eso era “un secreto militar”.

Cualquier periodista que hubiese estado trabajando para un diario o un semanario habría empleado cuatro o cinco veces más palabras para contar esta incursión. El hombre de agencia sabe hacerlo de un modo breve pero preciso, incisivo. La brevedad puede llegar incluso a conferir a su reportaje más dramatismo. Sin recurrir al estilo telegráfico ni caer estrictamente en las convenciones previstas para la Redacción en las agencias, cuenta todo lo que ha visto y oído.

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