La ternura de Celia (Segunda Parte y Final) (+ Entrevista inédita). #HistoriadeCuba #NuestraCelia

Síntesis de la entrevista en exclusiva para Cubahora, concedida al autor por Asunción Salazar Mesa sobre la personalidad de Celia, tras sus más de 15 años en el colectivo donde laboró la heroína en el Palacio de la Revolución:

Chomy (José Millar Barruecos), me llevó a verla ahí en Palacio, le dijo: mira esta es la compañera que nos trajeron. Ella me miró fijamente y expresó: “Ha llegado en el momento preciso y te has ganado ya a Celia” , un paso de avance porque lo mismo era suave que fuerte, cuando decía esto es blanco y negro, no lo dude: es blanco y negro (sonríe).

Celia era una persona exquisita, muy recta, muy disciplinada, muy ordenada, muy…, pero tenía todas las demás virtudes habidas y por haber en un ser humano. Siempre fue muy atenta y sensible a los problemas de la gente, se le podía ver en cualquier lugar, un pasillo, una escalera, donde hubiera un ser que estuviese sufriendo de algo.

Conocía a casi todos los trabajadores del Palacio de la Revolución. Era capaz de identificar los problemas de los trabajadores de solo mirarlos, sea cuales fueren, porque allí nadie se atrevía a expresarlo por respeto a su autoridad, no por miedo y por alguna otra razón. Para mí fue formidable.

Todos fueron muy respetuosos con ella y ella muy cariñosa con todos, recuerdo que a veces le decía a un compañero: “lleva a esta para mi oficina que tiene un problema”. Tenía una memoria prodigiosa, se aprendía el nombre de la mayoría de la gente que atendía y se conocía la historia de los casos que luego se las contaba al Jefe (Fidel).

Fue un periodo encantador, de permanencia, Celia solía venir manejando el carrito rojo ese de plástico, ¡cuántas veces no la pararon los de la seguridad del Palacio!, los nuevos que no la conocían y no la querían dejar pasar, porque también nuestro ejército se formó de gente no conocida, que no habían pasado escuelas, pero a ella le creímos desde el primer momento, periodo en el que la gente era muy espontánea, te decían la verdad de lo que estaba sucediendo.

Allí junto a ella no teníamos hora para terminar de trabajar, nos cogían lo mismo las tres o las cinco de la madrugada que las doce de la noche, pesaba la responsabilidad de tener todo organizado y cumplido, porque dábamos la cara al pueblo, eso se fue extendiendo para poder atender a las personas humildes, los campesinos, las madres, los hijos, de todas partes de Cuba que acudían al Palacio en busca de solución a sus problemas.

Ahí venían de la Sierra, del llano, a verla a ella o al Comandante, porque querían becarse para estudiar, incorporase a los programas de la Revolución. Escribían, pero como no recibían respuesta rápido volvían otra vez, y así, hubo una etapa en que se llegó a recibir como promedio 52 000 casos al mes.

Casi siempre cientos y cientos de cartas eran dirigidas a Celia, porque la conocieron, estuvo en la Sierra y además porque ella atendía allá a todo el mundo, lo mismo en una palma, a la sombra de un árbol que sentada en cualquier sitio, oía a todo el mundo, igual que lo hizo cuando llegó a La Habana, cuando se empezaron a formar las oficinas.

Yo me desenvolví en las vorágines esas en las que Celia estaba asida a satisfacer las necesidades de la gente y siento la dicha de no haber recibido de ella una insatisfacción por dejar de tratar a alguien. Todo en aquella etapa tenía solución porque eran tan claros los problemas que uno se sentía inclinado a resolver y dar seguimiento hasta su solución.

Ella estableció que aunque fueran de aquí, de las ciudades o del campo, había que buscarles una solución inmediata, se comunicaba con las provincias y se metía aquí, allá y pedía: “analízame el caso este, aquel o tal otro”, sino decía: “mira a ver si puedes ayudar porque estoy muy sensibilizada con esto que está planteando”.

¡Bueno!, abrir ella la boca y decir que iba a apoyar a esa persona o la había apoyado anteriormente y regresó sin resolver el problema que tenía, lo que fuera, de la vista, los dientes, el pelo, las pierna, la familia, la casa, el estudio, el trabajo, cualquier cosa, ella le daba una importancia que aquello no tenía nombre.

Se ocupaba de trasladarte todo que saliera sobre la organización y el funcionamiento de las oficinas de atención a la población, qué papel debían jugar —¡qué cosa más linda!—, porque era atender a las personas con sus problemas, había quien se dirigía a ella por una cosa, y luego era otra y otra, ¡cada vez que tenían una traba se acordaban de que Celia había atendido a los demás y allá va eso! Eran los primeros años de la Revolución.

Otros querían venir para La Habana porque deseaban estudiar acá, las muchachitas, venían a quedarse hasta que Celia les resolviera, había hasta quien se quería casar y no tenía donde ir y la buscaban para que los ayudara y les resolviera casa, esas eran algunas cosas inconcebibles, pero bellas.

Identificaba el problema y orientaba a los organismos a resolverlo, con el mejor espíritu, con el mejor ánimo, había mucha más preocupación en aquella época, la verdad es esa, se interesaban las entidades por el problema que tenía el individuo, eso es una verdad, se hablaba con la persona, se depuraba en el momento la cuestión o se encauzaba rápidamente, y en eso ella tuvo un rol decisivo.

Alguien quería rematar eso, venderlo, perseguirlo para darle una respuesta a Celia, y cientos de ellos venían a verla, otros por la cercanía que se sabía tenía al Jefe de la Revolución, y su sensibilidad con los problemas de la gente, así, porque él también no negaba nunca dar ayuda.

Cuando los ministros y algunos funcionarios iban a quejársele porque estaban agobiados de otras tantas tareas y tenían que ocuparse de los reclamos de ella —que eran los del pueblo— Fidel acotaba: “Dejen a Celia”, y cuando algo delegaba y no se resolvía ella decía: “deme acá, que yo me voy a ocupar del asunto” y se echaba la carga por tal de que se resolvieran los problemas y no llegarán al Comandante sin una solución y le dijeran que no fueron atendidos. Era así, atendía a todo el mundo, no quería que nadie se fuera sin que alguien de la oficina lo hubiese recibido, orientado o resuelto el problema.

Ahí llegaron a venir hasta sancionados que se fugaron de las prisiones —eso era delicadísimo—, pero venían porque ellos sabían que si Celia conocía del asunto que consideraban injusto, ella lo iba a resolver, le nacía apadrinar inmediatamente el caso, sensibilizarse aunque en un principio no se supiese si era real o no, aunque la generalidad de la gente decía la verdad, más de lo que podamos decir ahora todos.

En esa etapa, si había que dar hasta de su dinero con tal de resolver un caso lo hacíamos sin muchos miramientos, ya estábamos prendidos a esas enseñanzas y modo altruista de actuar —dejar ir a alguien sin atenderlo, imposible—, pedía que se le atendiera y si no ella misma lo hacía, en eso siempre fue ejemplo.

Cuando Fidel volvía con la frase: “Dejen a Celia”, ya no la cuestionaban más porque tampoco tenía recursos para resolverle todos los problemas a la gente, al verla a ella sensibilizada, y más los que estábamos junto a ella, comprendíamos la importancia de su exigencia y modo de dar, hacer y actuar, era una pureza indescriptible y que difícilmente pueda encontrarse siempre.

Cuando se decía: esto lo mandó Celia, y la opinión de ella es que se haga tal y más cual cosa, porque si no realizamos esto con esa seriedad y magnitud el Jefe se va a enterar, y no lo hacía para infundir miedo a una reprenda, sino por inculcar un elemental sentido de responsabilidad.

Hasta ella cuidaba de que él no se enterara si algo se había perdido o no se había resuelto, sensibilizaba a la gente, demostraba una fidelidad sin límites al Jefe y a la Revolución cubana, de la cual fue una de sus más fieles exponentes, aunque aprecio que gracias a ese espíritu y a esa constancia que legó para las nuevas generaciones, tal y como dijo Fidel que en Cuba hay muchos Camilo, me atrevería a decir que también hay muchas Celia, y eso se demuestra en la encomiable labor que desempeña la mujer cubana a lo largo de todos estos años de Revolución y en la vida social, política y económica del país.

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