64 años del viaje que convirtió a Ernesto Guevara en el Che. #HistoriadeCuba #NuestroChe

por Diego M. Vidal

El invierno de Buenos Aires ascendía desde las vías de la estación Retiro del entonces Ferrocarril Nacional General Bartolomé Mitre, Argentina aún atravesaba el duelo de la muerte de Eva Perón cuando ya se acercaba su primer aniversario. El andén del tren rumbo al norte argentino estaba colmado, pero un grupo resaltaba en cantidad y ropaje. Frente a los vagones de segunda clase un par de jóvenes veinteañeros eran rodeados por su familiares entre llantos y recomendaciones varias, la profusión de tapados de piel y sombreros contrastaban con el resto del pasaje “para despedir a dos snobs de apariencia extraña y cargados de bultos”, prologaba el recién recibido doctor Ernesto Guevara sus notas de viaje. Carlos Ferrer rememora con humor ese día y ratifica la descripción de la escena: “Yo iba de traja y corbata, con unas botas de cabritilla que mi abuela me había comprado en López Taibo, todo muy paquete. Ernesto tenía puesto el uniforme de salida de la colimba que le sacó a su hermano Roberto”. Entre llantos Celia De La Serna le imploró “cuidame a Ernestito”, “mirá a quién tenía que cuidar”, dice Calica antes de soltar una carcajada. “Aquí va un soldado de América”, evoca Ernesto Guevara Lynch la frase que soltara su hijo a modo de saludo, desde el estribo cuando la formación se puso en marcha.

“El hombre, medida de todas las cosas, habla aquí por mi boca y relata en mi lenguaje lo que mis ojos vieron. El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra Argentina, el que las ordena y pule, ‘yo’, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra ‘Mayúscula América’ me ha cambiado mas de lo que creí’’, escribe Guevara al regreso del primer recorrido por América Latina con su otro amigo Alberto Granado y que en parte realizaron sobre una Norton 500, “La Poderosa” fue la motocicleta que los abandonó en Temuco, Chile, por lo que el resto del trayecto lo realizaron a dedo, a pie y en cuanto medio lograron abordar en el camino. Al emprender el nuevo camino el 7 de julio de 1953, Ernesto y Calica echarían mano a esa experiencia del primero pero primero escalarían en la ciudad boliviana de Villazón en la seguridad del transporte ferroviario. “El nombre del ladero ha cambiado, ahora Alberto se llama Calica pero el viaje es el mismo: dos voluntades dispersas extendiéndose por América sin saber precisamente qué buscan ni cuál es el norte”, anota en el diario este segundo y definitivo periplo por Latinoamérica.

En la anterior travesía conoce la situación de explotación y miseria en que viven la gran mayoría de quienes habitan al sur del Río Bravo, en este, desde el conocimiento de sociedades que muestran mayor convulsión y crean ciertas expectativas de cambios, forjará una visión más profunda de la realidad latinoamericana.

En 1953, Bolivia estaba en plena ebullición revolucionaria. La imagen de los mineros con sus cuerpos cargados de dinamitas, la lucha del pueblo armado en las calles para defender un gobierno revolucionario que había levantado las banderas de los trabajadores, pero con fuertes divisiones internas, provocan una fuerte impresión en él y realiza un preciso análisis de la situación que vislumbra.

‘‘Bolivia es un país que ha dado un ejemplo realmente importante a América. El M.N.R. es un conglomerado en el que se notan tres tendencias más o menos netas: la derecha, que está representada por Siles Suazo, el vicepresidente, héroe de la revolución; el centro, por Paz Estenssoro, más resbaladizo aunque probablemente tan derechista como el primero, y la izquierda por Lechín, que es la cabeza visible de un movimiento de reivindicación serio’’, le cuenta a su amiga “Tita” Infante, militante comunista, en una carta fechada en Lima, Perú, el 3 de septiembre de ese mismo año.

Pero este Ernesto ya no es el mismo de un año atrás, por lo menos su inquietud política ha madurado con las vivencias que le han tocado y vislumbra a Estados Unidos como responsable de la génesis de los profundos problemas sociales y humanos de Latinoamérica. La vida en Perú, gobernada por el general Odría, estaba lejos de favorecer un clima social tranquilo y la opresión se hacía sentir en la extrema pobreza a que estaban condenados los peruanos: ‘‘es un gobierno totalmente impopular que se mantiene gracias a las bayonetas que sus amigos (los norteamericanos) le confieren’’, explica a su padre en una misiva.

En sus avatares de viaje ha marcado como norte Guatemala, los ecos de un gobierno como el de Arbenz que ha impactado sobre los intereses del imperio estadounidense y ha promulgado una reforma agraria casi inédita en América Latina, atrae a intelectuales y militantes políticos de todos los rincones. Guevara no es ajeno a esta influencia. ‘‘Mi vida ha sido un mar de encontradas resoluciones hasta que abandoné valientemente mi equipaje, y mochila al hombro emprendí con el compañero García el sinuoso camino que acá nos condujo. En El Paso tuve la oportunidad de pasar por los dominios de la United Fruit convenciéndome una vez más de lo terrible que son esos pulpos capitalistas. En Guatemala me perfeccionaré y lograré lo que me falta para ser un revolucionario auténtico’’, le ilustra a su tía Beatriz desde Costa Rica.

Los sucesos del proceso revolucionario se conjugaban con la situación personal de Guevara. Con una visa precaria y su residencia demorada, aprovecha para tratar de conocer las huellas de la civilización maya mientras deambula entre despachos y oficinas en busca del trabajo que lo estabilice económicamente o, por lo menos, le abra las puertas a su permanencia legal en Guatemala. En ese ínterin conoce a un grupo de exiliados cubanos, sobrevivientes del asalto al cuartel Moncada encabezado por Fidel Castro Ruz, con ellos establece una fuerte relación y, en especial, con Ñico López. ‘‘Cuando oía a los cubanos hacer afirmaciones grandilocuentes con absoluta serenidad, me sentía chiquito. Puedo hacer un discurso diez veces más objetivo y sin lugares comunes, puedo hacerlo mejor y puedo convencer al auditorio de que digo algo cierto, pero no me convenzo yo, los cubanos sí. Ñico dejaba su alma en el micrófono y por eso entusiasmaba hasta a un escéptico como yo’’, apuntará de ese encuentro.

En el plano político ideológico, depura y culmina la primera parte del “Diccionario Filosófico” que había comenzado en su adolescencia y profundiza sus estudios sobre marxismo. Uno de los destinos que se había trazado tras su estancia en México, la isla de Cuba, estará más cerca de su camino, de lo que pensaba. ‘‘Espero alguna recomendación para marchar a los campos donde madura la aurora, que le dicen. No pierdo oportunidad de mandarme algún viajecito extra: La Habana me llama particularmente la atención para llenarme el corazón de paisaje, bien mixturado con pasajes de Lenin’’, le adelanta su papá el 27 de mayo de 1955 desde el DF mexicano.

Su reencuentro con el cubano Ñico López, a quien conociera en la convulsionada Guatemala de Arbenz, le deparará un acontecimiento definitorio en su vida. Por su intermedio conocerá a Raúl Castro Ruz y, a principios de junio de 1955, tendrá lugar su encuentro con el líder del Movimiento 26 de Julio de Cuba: Fidel Castro Ruz. ‘‘Un acontecimiento político es haber conocido a Fidel Castro”, registra en sus crónicas, “el revolucionario cubano, muchacho joven, inteligente, muy seguro de sí mismo y de extraordinaria audacia; creo que simpatizamos mutuamente’’, resalta. ‘‘Recuerdo que nuestra primera discusión versó sobre política internacional. A las pocas horas de la misma noche – en la madrugada – era yo uno de los futuros expedicionarios’’, rememorará años después. En esa tibia noche mexicana, el encuentro con Fidel marcaría el destino del joven médico argentino. Al concluir la reunión Ernesto Guevara ya formaba parte de la expedición revolucionaria que desembarcaría en Cuba para derribar a la tiranía de Fulgencio Batista: nacía el Che Guevara.

(con fragmentos del libro del autor: “Ernesto Che Guevara, el viaje definitivo – Cronología necesaria 1953/1967″ – Editorial Nuestra América)

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