De la raíz a la cumbre

La confianza en los jóvenes y los educadores, la temprana advertencia de la importancia de las tecnologías y la televisión como plataformas de enseñanza, el papel otorgado a la conciliación entre masividad y calidad, así como a la cultura general integral, son solo algunas de las proyecciones de la teoría pedagógica de Fidel
El 22 de diciembre de 1961 declara Fidel a Cuba  «Territorio Libre de Analfabetismo». 
Foto: Archivo de Granma
El 22 de diciembre de 1961 declara Fidel a Cuba «Territorio Libre de Analfabetismo». Foto: Archivo de Granma

«Félix Varela nos enseñó 
a pensar; José de la Luz
 y Caballero, a conocer;
 José Martí, a actuar;
 y Fidel Castro, a vencer».  

Armando Hart Dávalos

Hubo una frase del Apóstol que Fidel nunca pudo olvidar, y que de alguna forma explica la esencia de un hombre en su constante bregar por la defensa de los pobres de la tierra, sin más retribución que la dicha por el bienestar de los demás: «Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».

Cuenta el líder en su diálogo con Ignacio Ramonet que se apoderó de esa ética, la misma que dialogó, a lo largo de sus 90 años, con un ideario pedagógico prolijo y coherente, martiano y militante, comprometido y cardinal.

La maduración de su pensamiento halla la raíz en el niño necesitado de conocer todo cuanto podía del mundo que le rodeaba. Luz, Varela, Martí, se sintetizan en una conciencia que alcanza su cenit en los años de estudiante de Derecho, y fue nutriéndose de su praxis revolucionaria.

Desde entonces la educación constituyó «la tarea más importante de la Revolución», con un diagnóstico cabal de sus limitaciones en el programa del Moncada, que permitió trazar la certera hoja de ruta, y convirtió a Cuba en el primer país de América Latina en liberarse del analfabetismo.

La Campaña de Alfabetización fue uno de los movimientos sociales más importantes de Cuba. Foto: Liborio Noval

En solo tres años, de 1959 a 1961, todos los maestros lograron tener empleo, existían escuelas primarias en todo el país, y la cantidad de analfabetos se redujo a cifras insignificantes –diría luego el propio Fidel– una hazaña utópica si se tiene en cuenta la realidad heredada del capitalismo, excepto para un pueblo en Revolución, «capaz de desplegar el esfuerzo y la energía necesarias para llevar adelante tan gigante propósito». Y ese fue solo el comienzo.

Todas las acciones y programas educacionales que sobrevendrían después, como la conversión de cuarteles en escuelas; la batalla por el sexto, noveno y doce grado; la universalización de la enseñanza; los planes especiales de educación; la formación de docentes; la creación de los preuniversitarios de ciencias exactas; la Batalla de Ideas, por solo mencionar algunos, así como sus discursos, entrevistas, y epistolario, radiografían un pensamiento ético y pedagógico consecuente, que respondió a las constantes demandas sociales y económicas del pueblo.

Los hilos conductores de su ideario permiten analizar muchas de las transformaciones educacionales emprendidas por Cuba, y son el basamento de aquella máxima que refrenda nuestra Carta Magna vigente, y el proyecto de Constitución que hoy analizamos los cubanos: entender la educación como un derecho humano, que libera al hombre y le permite alcanzar la riqueza espiritual, e implica el cimiento para todo desarrollo. «No puede haber progreso en ningún orden de la vida, en un país si la instrucción, si la preparación, si la cultura, si la revolución cultural no marcha a la vanguardia de todo movimiento revolucionario».

Para Fidel la educación siembra valores, desarrolla una actitud ante la vida. El maestro, en ese empeño, debe adquirir «el arte, la ciencia y la ética necesarias para educar», y no «sentirse nunca satisfecho con sus conocimientos», lo que conlleva perfeccionar su método de estudio, de indagación e investigación.

La lógica conductual constituye otro de los pilares para una enseñanza en valores, que según el líder debe estar acompañada siempre de la familia. «…Hay que educar en todos los lugares en que nos encontremos. Y esa vía de educación permanente tiene que ser el ejemplo, en la escuela, en el lugar de residencia, en las actividades sociales, el maestro tiene que ser un ciudadano ejemplar que todos respeten y admiren».

En el papel protagónico del pueblo encontró el Comandante la mayor cantera de maestros, en todos los intentos por elevar el nivel educacional de los cubanos y cubanas. La fe en la necesidad de contar con un Gobierno «del pueblo», «por el pueblo» y «para el pueblo», le hizo acudir a la convocatoria popular y la respuesta recibida fue rotunda, cada una de las veces. A ello se une su intención de llevar los programas sociales y educativos a las zonas más intrincadas y hasta donde se encontraban los menos favorecidos. No en vano muchos estudiosos de su pensamiento pedagógico lo catalogan como un «educador social».

La formación de maestros, en ese sentido, debía constituir una de las misiones fundamentales de la Revolución. «¡Y marchar a la vanguardia en la formación de los maestros es marchar a la vanguardia en el campo de la Revolución, es marchar a la vanguardia en los demás problemas sociales que un país debe plantearse!».

La no discriminación e inclusión social es otro elemento aglutinador en el ideario de Fidel, para quien no había distinción si de educar se trataba, y ello incluyó la lucha por la superación de la mujer y la educación de los niños, adolescentes y jóvenes con necesidades educativas especiales.

Junto a ello, destaca su énfasis en la vinculación estudio-trabajo, que se puso de manifiesto en diversos
planes de la Revolución. «A veces, en nombre de un falso pedagogismo, en nombre de ciertos perfeccionismos, hay mentes alérgicas al trabajo de los estudiantes, alegando que reduce sus niveles. A estos súper pedagogistas (…) habría que recordarles que lo que nos interesa no es solo formar técnicos, sino técnicos integrales, ciudadanos mejores», sentenció.

Y si algo permite entender mejor la coherencia entre pensamiento y acción del líder, fue el ejercicio consagrado durante toda su vida a la educación permanente, unido al sentido de «solidaridad humana en su más vasto alcance», que lo hizo llevar la educación cubana a otras partes del mundo, para «que tengamos un tipo de hombre que sea capaz de pensar en que los otros son seres humanos como él, y que estén más dispuestos a quitarse para dar que a darse para quitar».

La confianza en los jóvenes y los educadores, la temprana advertencia de la importancia de las tecnologías y la televisión como plataformas de enseñanza, el papel otorgado a la conciliación entre masividad y calidad, así como a la cultura general integral, son solo algunas de las proyecciones de su teoría pedagógica.

Hoy, en tiempos de una educación que se perfecciona e inicia un nuevo periodo lectivo, en tiempos de actualización de nuestro modelo social y económico, están más vigentes que nunca sus ideas, como ingredientes indispensables para lograr una sociedad y un país mejor, no solo en los altos índices de instrucción, sino en los elevados niveles de educación.

«…quizás la Revolución no tenga ninguna otra cosa más importante que esa: que preparar a las nuevas generaciones para una vida superior».

Tomado de Granma

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