La solidaridad no admite bloqueo

A pesar de los intentos del gobierno de Estados Unidos para impedir la particación de la delegación cubana a los Juegos Centroamericanos y del Caribe Ponce 93, la solidaridad del pueblo boricua prevaleció
 Al regreso de la delegación, Fidel, en presencia de Raúl, reconoce a la corredora Ana Fidelia Quirot.
Al regreso de la delegación, Fidel, en presencia de Raúl, reconoce a la corredora Ana Fidelia Quirot. Foto: Ricardo López Sánchez

Aquella vivencia acrecentó mi afecto por el pueblo boricua. El nexo con la tierra de los Leones de Ponce viene desde 1993, viene de la amistad, de la solidaridad; porque, aquello que tratan de prohibirnos los indeseables, se convierte en lo que más ansiamos hacer. Por eso Cuba fue a Ponce 25 años atrás.

Corrían los meses precedentes a los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y Ponce era la sede de la fiesta. Tal vez para la mayoría de los países convocados, asistir al evento se reducía a solicitar una visa y partir al encuentro de lo inédito.

En cambio, para los cubanos, la convocatoria en aras de sumarnos al todo que es Centroamérica y el Caribe, se tornó en desafío porque se nos reconociera el derecho a estar presentes. Igual sucedió en ocasión de los Juegos de San Juan 1966, cuando la respuesta a las maniobras estadounidenses por evitar la participación de Cuba fue la epopeya del Cerro Pelado.

En Ponce, la administración norteamericana de turno empleó un guion similar e interpuso obstáculos para impedir que los cubanos vivieran los Juegos. Pretendieron prohibir que la delegación viajara directamente al aeropuerto Merceditas, como otras comitivas entre los 32 países que asistieron al clásico.

La decisión de permitir la entrada correspondía al Departamento de Estado de Estados Unidos, embarcado en una contradicción, porque para los Juegos Panamericanos de Indianápolis 1987 autorizaron que Cuba realizara vuelos directos a esa sede.

Como fuerte carta para la batalla, el Comité Organizador de Ponce sabía que Cuba sería atracción en ese clásico, porque honraría el compromiso de llevar a sus mejores atletas; de ahí que se involucrara en la discusión con los norteños para resolver la situación.

El Gobierno de Estados Unidos, haciendo valer su autoridad sobre la condición de Estado Libre Asociado con que sojuzga a Puerto Rico, decidió que los aviones de Cubana no volaran directamente a suelo boricua con su delegación. Ante tal arbitrariedad, el movimiento deportivo en la Isla respondió que no asistiría al certamen si no era respetado su derecho a viajar sin escala, como lo harían otras naciones.

Poco más de un mes antes de inaugurarse los xvii Juegos, el Servicio de Inmigración y Naturalización del Departamento de Justicia de Estados Unidos autorizaba el aterrizaje de Cubana de Aviación en la losa del Merceditas. Pero, como quien se bate vencido en retirada, el Departamento de Estado les negó las visas a cuatro camarógrafos que trabajarían en el evento.

Carteles en contra del bloqueo y una multitud puesta de pie aplaudiendo a la delegación cubana durante su desfile en la inauguración del 19 de noviembre de 1993, fue la antesala del respeto y solidaridad ofrecidos por el pueblo puertorriqueño, sin que la deserción durante la lid de un grupo de la comitiva antillana, obedeciendo a la contrarrevolución, opacara la victoria.

Las expresiones de solidaridad con Cuba eran palpables en cualquier escenario, incluso, llegaron hasta el centro de prensa. De esos encuentros con los pobladores, que casi a diario se extendían hasta bien entrada la madrugada, surgieron vínculos que a la distancia de 25 años son imperecederos. Porque la  solidaridad no se puede bloquear.

Al regreso a la Patria, en el acto de homenaje a la delegación, con la presencia de Raúl, el Comandante en Jefe resumió así este capítulo de la historia deportiva cubana: «Tenemos honor, dignidad y vergüenza suficientes para repartir por el mundo, y nuestros atletas serán un ejemplo hoy, mañana y siempre».

«Ningún despotismo extranjero merece homenaje»
Pedro Albizu Campos

Tomado de Granma

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